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Torre Martello

Blog del Instituto Cervantes de Dublín

La bella durmiente

La bella durmiente

La Bella durmió casi cien años. El Príncipe apareció y encontró la cama fría, sin vida, con la mujer más bella del mundo. Sabía qué debía hacer. La besó.

Era el primer beso para ella. Se despertó, abrió los ojos y la vio. No era como se lo imaginaba en sueños. Era bajito, con el pelo rojo,  los ojos pequeños y cansados. Después de muchas horas de viaje, su olor era mezcla de sudor y caballo sucio. No le gustó nada.

Ella vio su vida futura con el hombre que no quería. El dolor de esta visión era insoportable. Toda la corte y el pueblo esperaba su “sí”. Pero ella se quedó callada.

– ¿Quiere la Princesa ser mi esposa? – el Príncipe repitió la pregunta arrodillando.
– No – respondió ella.

Toda la gente se quedó sin aliento. El Rey estaba muy enfadado. Se levantó de repente y la abofeteó. Ella intentó protegerse pero , después de tantos años en letargo, era muy débil. Su padre la empujó furiosamente frente a todo el pueblo. Con ojos llenos de lágrimas, la Princesa no se fijó en la piedra grande y se tropezó y chocó la cabeza con otra piedra. El golpe fue fatal. En el charco de sangre la Bella empezó a dormir de nuevo, para siempre…

Julia Janiszewska

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Instrucciones para dejar a un/a novio/a

Instrucciones para dejar a un(a) novio(a)*

*Nota: Estas instrucciones sirven para terminar relaciones cortas. Para separarse de un/a novio/a de mucho tiempo, se ruega remitir a la página 42 de este manual.

1. Elija un ambiente apto. Se recomienda un café, preferiblemente con sillas poco cómodas. No planificará estar más de 10 minutos allí. Un día antes de la cita, advierta al novio/a la novia con un mensaje corto para quedar. Una frase como “tenemos que hablar” es perfectamente apropiada.

2. Al llegar a la cita, reciba al novio/a la novia con una sonrisa triste para que sepa que no todo está bien. Una ruptura ideal empezará honestamente. Después de pedir una bebida (se recomienda algo fresco, sin alcohol), pase a lo importante lo antes posible. Una frase perfectamente aceptable es la siguiente: “Quiero que terminemos”.

3. Existen varias reacciones a esa declaración. Se puede hacer un resumen en 5 categorías:

• aceptación

• susto

• confusión

• tristeza

• furia (o en casos extremos, una combinación de los cinco)

En la mayoría de los casos, se puede disminuir el trauma utilizando una de las siguientes frases:

• “No eres tú, soy yo”,

• “Sí, te quiero…como amigo/a…” o

• “Solo necesito un poco de espacio”

IMPORTANTE: Elija solo una de las tres frases. Los efectos secundarios de combinar las frases pueden ser: más confusión y más furia.

4. Mantenga la dignidad durante el proceso entero. Transmita compasión con la cabeza inclinada, asintiendo despacio. Mantenga siempre la sonrisa triste.

5. Termine la cita con un equilibrio de emoción. Un abrazo es adecuado. Para asegurase de que nunca más le llamará, despídale con: “Me alegro de que podamos ser amigos”.

Siobhan McNamara

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El niño que quería ser Dios

El niño que quería ser Dios

Era noche oscura. Nevaba muchísimo. La Noche Vieja de 2010 era la más fría de las que recuerdan los viejos habitantes de Polonia. Los últimos minutos del año estaban inquietos por el viento terrible con la gran nevada. El frío penetrante mantenía a la gente alejada de fuera. Todo el mundo prefería estar en sus casas calentando los cuerpos congelados bajo las gruesas mantas.

En esta noche en un pueblo pequeño nació un niño. El parto fue muy difícil. La madre del chico gritaba aterrorizada, luchando con toda la fuerza para dar vida a su hijo único. Antes de su último aliento, ella abrazó al niño pequeñito y contando sus últimos minutos de la vida que se le escapaba, susurró a la oreja del chico palabras de consolación y adiós:

 – Sé valiente y orgulloso mi hijo, no temas de nada ni de nadie, sé quién quieras y cuando un problema aparezca, di “¡Uno, dos, tres no existas!”. La madre solo pudo dar nombre al hijo único y se fue para siempre.

El viejo médico que asistió en el parto no tenía mujer ni niños, por eso decidió adoptar al huérfano y darle todo lo que necesitaba.

*************

A la edad de nueve años Miron  empezó a llamar la atención de la gente, especialmente de las mujeres. Era pequeño de cuerpo, con los ojos grandes y azules, las mejillas rellenas pero pálidas, y el pelo rizado. No era como otros niños. Era muy listo. Siempre preguntaba cosas difíciles. Parecía que su alma aprendía la vida más rápido que los niños de su edad.

Miron observaba el mundo con atención. La gente hablaba de que el niño tenía mucha suerte. Cuando un problema se cruzaba en su camino siempre decía: “¡Uno, dos, tres no existas!” y el problema desaparecía. Un charco grande en el parque donde pasaba, el ventisquero en su camino a casa, el camión que oscurecía el árbol con los pájaros que observaba, todos desaparecían con las palabras: “Uno, dos, tres no existas”.

Un día como hoy Miron quería hacer un muñeco de nieve pero todo su esfuerzo por encontrar dos piezas de carbón para dar ojos al muñeco fue un fracaso, solo tenía un ojo. Un niño del barrio, viendo la insatisfacción en la cara del chico, empezó a burlarse de él. Miron no podía aguantar al vecino irritante, estaba harto de su comportamiento infantil.

– Uno, dos, tres no existas – susurró y el chico desapareció, y el huérfano pudo volver a su búsqueda sin más distracciones.

Era el día de su cumpleaños. Tenía diez años. Quería ver al Rey de cuya sabiduría había oído tanto. Fue al castillo donde toda la corte estaba preparando la gran fiesta de Noche Vieja. Solo un día en todo el año el Rey hablaba con sus vasallos.

Miron entró a la sala de audiencia. El Rey le esperaba.

– ¿Cómo estás, chico amable? – le saludó el Rey. – ¿Qué ayuda necesitas?
– Mi Majestad, he oído de tu gran sabiduría y quería preguntarte por qué el mundo existe.

El Rey sonrió y dijo:

– No sé.
– Pero ¿cómo el Rey -conocido por su sabiduría profunda no lo sabe? – exclamó el niño.
– Nadie lo sabe. Es un misterio grandísimo – explicó el Rey.

El chico se sintió confundido, no podía aceptar las explicaciones miserables del Rey. Estaba muy enfadado. Miró al Rey atentamente y sus labios susurraron cinco palabras:

– Uno, dos, tres, no existas.

Y el Rey desapareció por arte de magia dejando la corte sin consolación.

*************

Miron estaba desilusionado. No encontró la respuesta que había buscado tanto tiempo. Dejó el castillo y se movió hacia casa. Decidió dar un paseo por el parque para observar los pájaros, ver cómo actúan en el frío casi insoportable.

Caminando por el mundo congelado vio a una mujer de belleza nunca vista. Estaba sentada en el banco con ojos llenas de lágrimas. La mujer parecía una princesa de otro mundo.

– ¿Por qué estas tan triste? – preguntó el chico.
– Porque el Rey desapareció y ahora estoy sola… Y tú… eres un chico muy listo y tan bonito. Siempre había querido tener un niño pero la fortuna no fue buena con nosotros… pero puedes vivir conmigo. Te doy todo. Soy la Reina. Todo el país será tuyo  – Miron lo aceptó.

La vida con la Reina era maravillosa. El niño tenía la madre que nunca había tenido. Los dos eran muy felices. Después de un año la Reina aceptó que el Rey nunca volviera y empezó a echar de menos el toque del hombre. Uno de los asesores del Reino era un hombre muy amable y fuerte. Atraía a muchas mujeres de la corte pero en su corazón tenía solo una, la Reina bella.

Era el día del once cumpleaños del Príncipe Miron. Él esperó a su querida madre para jugar con ella pero ella no fue. El niño la buscó. Buscó por casi todas las salas del castillo, solo quedaban los cuarteles de los asesores del Reino. Miron abrió las puertas de todas las salas y finalmente entró en una habitación con poca luz pero era suficiente para ver a la Reina desnuda y abrazada con el asesor más admirado en la corte.

El huérfano no gritó ni lloró, solo miró a los dos amantes. Cerró sus ojos grandes y susurró:

– Uno, dos, tres no existas, uno dos tres no existas. – Cuando abrió los ojos el cuartel estaba vacío.

Miron era sabio pero cruel. Odiaba la debilidad. Quería conquistar los países vecinos.

Era Noche Vieja. El Señor Miron tenía doce años. Sus soldados vencieron al ejército enemigo y el niño real fue al campo de batalla para celebrar la victoria. El suelo estaba tapado por los cuerpos.

El chico paseó sorteando los cuerpos y vio en la distancia una silueta negra y torcida.

– ¿Qué haces aquí? – preguntó Miron acercándose a ella.
– Estoy recogiendo las almas de los derrotados para darles el nirvana – respondió la mujer torcida.
– Esta tierra es mía, lo mismo que los cuerpos, no tienes derecho a estar en mi tierra – exclamó el Señor.
– Eres solo el Rey del mundo vivo. No tienes poder sobre las almas ni sobre mí – dijo la mujer.

Miron estaba muy enfadado. En sus ojos brillaron las lágrimas de ira. Se las tragó enseguida y con voz rota susurró:

– Uno, dos, tres, no existas.

Desde ese día el pueblo del Señor Miron no murió.

La Muerte no existía, pero la gente empezó a sufrir enfermedades infecciosas y el Reino se convirtió en un mundo muy débil e infectado. Todos envejecieron muy rápido. La belleza de las mujeres desapareció. La gente era demasiado miserable para cuidar las flores, los árboles y animales. La tierra se ahogó de enfermedad.

Era Noche Vieja. El Reino enfermo quería celebrar el trece cumpleaños del Rey.

Miron se convirtió en el hombre más poderoso y sabio del mundo. Ese día del año, el pueblo podía encontrar a su Señor y preguntarle cualquier cosa.

Un chico pequeñito se acercó a Miron sentando en el trono, hizo una reverencia y con voz dulce preguntó:

– Mi Gran Majestad, me llamo Svan, soy huérfano y quería saber por qué el mundo existe.

Miron había leído miles de libros y hablado con cientos de científicos pero nadie le había dado una respuesta a la pregunta que él perseguía.

Miró bruscamente al chico pequeño, después elevó su mirada y vio su reflejo en el gran espejo, vio su cara de trece años que no parecía de trece años, vio sus ojos grandes llenos de tristeza y sintiendo una soledad insoportable Miron susurró:

– Uno, dos, tres, no existo.

Julia Janiszewska

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Feliz Navidad a la Bella Durmiente

Feliz Navidad a La Bella durmiente

Mi Bella durmiente, escribo para desearte una Feliz Navidad y un Año Nuevo pacífico.

Escribiendo esto recuerdo que dos años han pasado desde el día en el aeropuerto cuando nos encontramos y cambié mi billete de vuelo a Londres por un billete a Nueva York, para no dejarte.

Recuerdo volver triunfalmente a la sala de embarque, agarrando un billete para el mismo vuelo que el tuyo a Nueva York, y cómo me conmovió ver que te habías dormido, evidentemente agotada por tus viajes. Te vigilé mientras esperaba la llamada para nuestro vuelo, y tomé tu brazo para conducirte al avión cuando llegó el tiempo de embarcarnos. ¿Fue simplemente mi imaginación, o sentí una chispa de electricidad entre nosotros cuando te toqué esta primera vez?

Recuerdo cómo, cuando te habías sentado en el avión y yo había puesto tu maleta en el casillero, tú en seguida te hiciste un ovillo en tu asiento y te quedaste dormida. Dormías tan profundamente, recuerdo cómo te había mirado fijamente mientras dormías, encantado por tu belleza. El efecto de tu belleza no había disminuido, pero ahora me sentaba, no al lado de ti, sino al fondo del avión. Hice muchos viajes al baño solamente para vislumbrar tu cuerpo durmiente.

Recuerdo mi confusión cuando, mientras esperábamos nuestro equipaje en JFK, me dijiste que ibas a tomar un vuelto a Uruguay, tu patria. No había resuelto aún cómo podría asegurar la continuación de nuestra relación, y la idea de perderte después de todo me sumió en una profunda desesperación. ¡Cómo saltó mi corazón cuando te volviste hacia mí, mientras levantabas tu equipaje de la cinta, y preguntaste soñolientamente: “¿Pero no vas a venir conmigo?” No pude apenas creer mi suerte. ¡La mujer más bella que había visto en mi vida correspondía mis sentimientos!

Nuestra comunicación durante el viaje a tu casa en Uruguay siguió un esquema ya conocido, con conversaciones soñolientas en salas de embarque y en estaciones de autobús, y yo vigilándote, hechizado, mientras dormías durante el largo viaje en el avión, autobús, y finalmente en un taxi antiguo.

El recuerdo de nuestra llegada a la casa de tu familia a la luz del sol de la tarde sigue todavía vivo. Recuerdo la gran casa laberíntica lejos del pueblo, como si estuviera abandonada, rodeada de vegetación tupida. El jardín, invadido por las plantas donde enormes flores llenas de color inclinaban la cabeza, cada una atendida por un picaflor trabajador, y por supuesto, tu madre y tus dos hermanas, durmiendo sonoramente en hamacas colgadas entre los postes de madera en la veranda delante de la casa.

Claro, tus hermanas eran bellas aunque en mis ojos no eran ni por asomo tan bellas como mi Bella. Tu madre, una bella marchitada, tenía facciones fuertes ablandadas por una capa generosa de carnes. Con su largo pelo negro ahora rayado con gris y su cuerpo corpulento, se estremecía y se rizaba con cada ronquido raspador. Parecía una bruja algo benigna.

Mientras te cambiabas de ropa y ya que todas las otras en la casa seguían disfrutando de lo que parecía ser una siesta prolongada, exploré los extensos jardines. Claramente se habían descuidado. Noté muchas tareas pequeñas necesarias, que pensaba hacer más tarde, para ganarme a tu familia.

Cuando volví de mis exploraciones, ya no había huella de mi Bella, y tu familia seguía durmiendo audiblemente en la veranda. Observé un par de conejos muertos y unas verduras recién cogidas en la mesa, y ya que no tenía otra casa que hacer y empezaba a tener hambre, comencé a preparar un rico guiso de conejo. Cuando estaba casi preparado, saliste de tu dormitorio con una sonrisa adormilada, desperezándote y restregándote los ojos. Al mismo tiempo, una a una, tu madre y tus hermanas entraron de la veranda bostezando y se sentaron contigo en la mesa. Cada una me sonrió mientras servía el guiso pero por lo demás no mostraron ni sorpresa ni interés en mi presencia.

Madre e hijas comieron con afán, y yo tenía muchas ganas de charlar antes de la comida. Sin embargo, parecía que el guiso hacía un efecto soporífico en tu familia porque una por una os dormisteis alrededor de la mesa. Recuerdo que me sentí muy solo sentado en el silencio roto solamente por ronquidos contentos y gruñidos esporádicos del perro grande que dormía en la veranda.

***

Ya estaba oscureciendo y empecé a preguntarme dónde dormiría esa noche. Estuve a punto de comenzar a buscar un cuarto de huéspedes, cuando de repente te despertaste y sonriendo me hiciste señas para que te siguiera. Me pareció que mis fantasías más descabelladas estaban a punto de ser realizadas. Había soñado a menudo con acostarme con La Bella. Claro, no tenía en mente el sueño en sí, y me llevé una desilusión cuando te acurrucaste en la gran cama de madera e inmediatamente te dormiste. Sin embargo, me dije que compartir tu cama era una señal de que nuestra relación se hacía más íntima, cuando yacía, totalmente despierto, mirándote mientras dormías.

Debí de dormirme hacia la mañana, porque cuando me desperté había restos de comida en la mesa de cocina, y tú y tu familia os habíais acostado en vuestras hamacas en la sombra de la veranda y el aire estaba pesado con los sonidos del sueño. Como no había nada de comer en la casa, me di cuenta de que tendría que valerme por mí mismo, y por eso salí a buscar algo a la selva casi primigenia que lindaba con el jardín.

Los días pasaron rápidamente, cada uno como el anterior. Me levantaba tarde, habiendo pasado la noche despierto, fascinado por la belleza de La Bella. Tus sonidos del sueño y de tu familia me saludaban, mientras os tumbabais como leonas que se habían atiborrado de su presa. Salía para buscar comida, penetrando siempre más lejos en la espesa selva, casi esperando encontrar un dinosaurio o un lagarto volador, cada vez más enloquecido de hambre, agotamiento, y amor.

Algunos días tenía suerte y podía cazar un conejo, o coger un pescado. Una vez incluso casi separé tres cerditos salvajes de su madre enfurecida pero a menudo volvía solamente con nueces y bayas. Tú y tu familia seguíais estando lacias y sin embargo bien alimentadas comiendo lo que yo os había traído, antes de poderme levantar. A veces me daba la impresión de que recibíais otros obsequios de comida, y me imaginaba que había otros hombres fuera en la selva, enloquecidos de amor y hambre, buscando cosas buenas para ti y tu familia.

Un día, mientras buscaba comida en el páramo, vi a alguien mirándome fijamente por las ramas; descuidado, demacrado, con aspecto de loco en sus ojos. Nos contemplamos un momento, cada uno reconociéndose en el otro, antes de retirarnos horrorizados y huir sumergiéndonos en el sotobosque tan rápido como posible.

Fue en ese momento cuando reconocí que tendría que tomar medidas para cambiar mi destino. Estuve decidido a no volver a la casa del sueño. Me quedaría aquí en el páramo pues supe que no sería yo el que despierte la Bella durmiente. Pero, si no puedo ser el que te despierte, entonces me aseguraré de que nadie más te despierte tampoco y de que tu existencia soñadora continúe tranquilamente.

Os sigo dando mis ofrendas de comida mientras que tú y tu familia dormís. Y, mientras estoy sentado aquí en mi cabaña en un árbol, inspeccionando la selva contra intrusos, sueño que un día te obsequiaré con algo, quizá una invención maravillosa, que te permitirá continuar siendo mi Bella durmiente para siempre.

Stephen McFadden

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La primera vez

La primera vez

28 de diciembre 2020. Son las once de la noche. Mi última bombilla se apagará rápido. Intento disfrutar de los últimos momentos de luz. El generador de energía se sigue vaciando. No tengo otro, como la mayoría de la gente.

Una hora más y mi pequeño mundo se convertirá en el reino de la oscuridad. Hace frío y tengo frío. Es invierno, nieva mucho, recuerdo la blancura similar solo de mi niñez lejana. Estaba con mi familia en una casa caliente o jugaba con mis amigos, haciendo el muñeco de nieve. Ahora estoy sola. Me siento sola.

Mis padres murieron y mis amigos están lejos. No puedo chequear si todo está bien con ellos. Nada funciona sin energía.

La última noticia que escuché por la radio era la del meteoro. El periodista con voz de terror habló del gran meteoro que había golpeado la única fuente de energía terrestre destruyéndolo completamente. La voz advirtió que la situación era muy seria e incluso que si hubiéramos ahorrado, la energía desaparecería.

El mundo está cambiando. Es muy extraño dejar las costumbres de la vida cotidiana. Enciendo la luz pero no hay luz, enciendo mi ordenador pero no funciona, quiero preparar comida caliente pero no puedo. Los cambios van y necesito cambiar enseguida.

No puedo pensar en lo que perdí. Debo atenerme a las cosas nuevas y cómo puedo aprovecharlas.

La primavera llega rápido, traerá más luz natural y el calor. El paro de este mundo tan adicto de energía pasará y otra vez todo el mundo será manual y no automático. Todo será fresco y nuevo. Será como hacer las cosas por primera vez.

Y ahora veo el fuego fuera. Voy a hablar con mis vecinos por primera vez…

Julia Janiszewska

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Instituto Cervantes de Dublín

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